Morir joven, eso es. Lo que todos en nuestra infinita juventud, nuestro exacerbado sentimiento romántico ansiamos con ganas; morir intactos, como nuevos, nada estropeados. Buscamos la manera de ser recordados por una etapa blanca, clara, dulce, brillante, sin achaques, vital, la mejor etapa de la vida; la juventud.
Ese momento de nuestras vidas en el que vivimos entre dos mundos, la madurez tras la infancia y la etapa adulta, cuando toca tomar roles en el camino de las personas, tomar una posición, enfrentarse a las responsabilidades de la vida, pero la juventud... "Juventud, divino tesoro" recogía Espronceda, y así es: divino tesoro, claro arroyo, cuna de luna. La juventud nos permite desfasar, malgastar el tiempo, aprovechar todas las experiencias al máximo, llenos de vitalidad, de fuerza, de fiereza y ganas de luchar. Aunque eso no es así siempre.
Tomamos posiciones rebeldes, fieras, instintivas ante las desgarcias que nos pasan y siempre suele ser porque nos resignamos a vivir, no queremos luchar, y buscamos destacar, exprimir el carpe diem de la vida al máximo.
¿Morimos jóvenes? Sería increíble, pero siempre suele haber algo más allá de la juventud. Aun así, siempre viene bien probar la rebeldía, el tono desenfadado de la vida, probar el jugo de la muerte. Emborrachémonos, bailemos desnudos por las calles, en la noche, sudorosos, lloviendo, al ritmo insaciable de Die Young. ¿Qué nos aporta? Nada, pero al menos no estaremos sentados, deprimidos y quejándonos de las miserias de nuestras vidas. Y matemos nuestro espíritu joven que algún día se marchará.
No hay comentarios:
Publicar un comentario